Message from the Pastor

Querida Comunidad:
En este cuarto domingo de Cuaresma del ciclo A, el Evangelio nos presenta el relato del ciego de nacimiento. Jesús se encuentra con un hombre que nunca ha podido ver la luz y, con un gesto sencillo y lleno de compasión, le devuelve la vista. Este signo no solo muestra el poder de Dios, sino también su deseo profundo de iluminar la vida de quienes viven en la oscuridad. La curación del ciego nos recuerda que Dios siempre sale a nuestro encuentro, incluso cuando nosotros no lo hemos buscado.
Más allá del milagro físico, el Evangelio habla de una luz interior. Mientras el ciego comienza a ver cada vez con mayor claridad quién es Jesús, otros que aparentemente “ven” permanecen en la oscuridad del corazón. Los fariseos, aferrados a sus certezas y prejuicios, no logran reconocer la obra de Dios que ocurre delante de ellos. Así, el relato nos invita a preguntarnos si realmente estamos abiertos a la verdad de Dios o si nuestras propias seguridades nos impiden reconocerla.
La Cuaresma es precisamente un camino para dejar que Cristo ilumine nuestras sombras. Todos, de alguna manera, tenemos zonas de ceguera: miedos, egoísmos, indiferencias o pecados que nos impiden ver con claridad. Jesús quiere tocar también nuestros ojos para que podamos ver la vida con una mirada nueva: la mirada de la fe, de la misericordia y del amor.
En este domingo, tradicionalmente llamado “Laetare”, la Iglesia nos invita a alegrarnos porque la luz de Cristo ya comienza a brillar con más fuerza en nuestro camino hacia la Pascua. Como el ciego que termina confesando su fe, también nosotros estamos llamados a reconocer a Jesús y a dar testimonio de Él. Que esta Cuaresma sea para todos un tiempo de verdadera iluminación del corazón.
Rev. Julio Fernández